domingo, 7 de octubre de 2012

La Perla del Cantábrico



Hace un par de meses comencé a dar mis primeros pasos por una de las redes sociales más populares del mundo, al igual que estaba haciendo Viaje Adicción. Un nuevo proyecto que todavía estaba asentando sus pilares pero que tenía muy claro su propósito: convertirse en una comunidad de viajeros. En ella, no sólo tendrían cabida las experiencias de personas de a pie, como tú y como yo, sino que también lo tendrían una serie de artículos realizados por unos cuantos apasionados de los viajes; unos pocos al principio, aunque con la firme esperanza de que ese número de apasionados vaya creciendo con el paso del tiempo. Pero, mientras tanto, y siendo conscientes de que ningún inicio es fácil, comenzaremos a modelar Viaje Adicción cargados de entusiasmo e ilusión.

Sin embargo, creo que antes de continuar con este primer artículo, lo más justo es que yo, una servidora, me presente brevemente: me llamo Sandra, tengo 28 años, soy periodista y fotógrafa, me encanta leer, los animales, salsear en la cocina y la repostería; pero sobre todas las cosas me apasiona viajar. Me encanta viajar porque me hace desconectar de todo, y también me hace sentir, más que nunca, que formo parte de este mundo, tan igual y tan diferente al mismo tiempo; adoro ese nerviosismo tan característico de los días previos a iniciar un viaje; adoro esa impaciencia por sentir bajo mis pies un suelo diferente, por recorrer calles que me son completamente desconocidas y que, normalmente, miramos como si fuésemos los primeros en verlas. Me apasiona viajar porque me permite conocer, de primera mano, otras culturas, otras costumbres, otras gentes.

Hace unos meses leí en una revista que la necesidad de viajar que sentimos los humanos se debe, en cierta medida, a nuestros antepasados nómadas. Sea cierto o no, el caso es que me gusta creer que ése es uno de los motivos que me (nos) impulsan a emprender un viaje. Uy, qué despiste… tanto hablar de viajes y de presentaciones, y no os he dicho de donde soy ¿verdad?: soy de Donostia – San Sebastián
 
Bahía de La Concha desde el Monte Igueldo
Donostia (es la traducción al euskera de San Sebastián) es la capital de la provincia más pequeña de toda España, Gipuzkoa, y conforma, junto a Bilbao (Vizcaia) y Vitoria (Alava) la Comunidad Autónoma Vasca, o dicho en euskera y en una sola palabra: Euskadi. Esta ciudad de pequeñas dimensiones se ubica en el norte del Estado, concretamente en la costa cantábrica y a pocos kilómetros de la frontera con Francia. Se trata, como digo, de una ciudad pequeña, aunque su enclave geográfico y su particular belleza han hecho que muchos la denominen “La Perla del Cantábrico”. Hay quienes, además, creen que es una de las ciudades más bellas de toda España, ¡e incluso de toda Europa! (sin desmerecer, ni mucho menos, a todas esas ciudades tan preciosas que hay repartidas por toda la península ibérica).

A pesar de ser, como digo, una ciudad pequeña, no le falta absolutamente de nada. Además, su orografía, de la que destaca sus calles planas y peatonalizadas en los barrios más céntricos de la ciudad, hace que sea una ciudad muy cómoda para recorrerla a pie. Por ese mismo motivo también cabe la posibilidad de poder hacerlo en bicicleta gracias a los 22  kilómetros de “bidegorris” que conectan entre sí casi todos los barrios de la ciudad, según indica la Fundación Ciclista Euskadi  en su página web. El nombre “bidegorri” es la forma de denominar a los carriles para bicicletas; la palabra es en euskera y es la traducción literal de “camino rojo”. Esto se debe a que este tipo de carriles se diferencian de las aceras por su particular color, de ahí su nombre. Puedes consultar la red de bidegorris de la ciudad pinchando aquí.

Con ello, el uso de la bicicleta entre los ciudadanos se ha extendido como la pólvora en los últimos años, por lo que es bastante usual ver numerosos ciclistas circulando por los bidegorris de la ciudad. Pero si no tienes bicicleta o no puedes transportarla, no te preocupes, ya que Donostia cuenta con Dbizi, un servicio de alquiler de bicicletas que podréis encontrar en diferentes puntos de la ciudad, como la que hay frente a la Estación ferroviaria de Atocha o en los Jardines de Alderdi Eder. De esta forma, cualquiera puede utilizarlas y, además, es una muy buena opción no solo para conocer la ciudad desde otra perspectiva, sino para moverse por ella.

Bidegorri de La Concha. Fuente: San Sebastián Style
Con todo, esta ciudad ubicada a orillas del Cantábrico posee ciertos elementos que la caracterizan, como su famosa Playa de la Concha, que debe su nombre a la forma que tiene, sobre todo cuando la marea está muy baja. A lo largo de todo el paseo que recorre esta playa, podemos apreciar la Barandilla de la Concha, un elemento urbano que se ha convertido en todo un símbolo de la ciudad, y en medio de la Bahía, la Isla de Santa Clara, donde hay un merendero y a la que se puede acceder en barca durante los meses estivales.

Pero Donostia no sólo es conocida por esa playa, que es una de las tres que tiene en total (las otras dos son Ondarreta y Zurriola, esta última también conocida como “la playa de los surfistas”), sino que también es famosa por los numerosos eventos culturales que acoge durante todo el año, como el Jazzaldia, la Quincena Musical o el Festival Internacional de Cine, así como por fiestas más locales en las que destaca un elemento más tradicional y que hacen las delicias de los donostiarras, como son la Tamborrada, Carnavales, la Semana Grande o, entre otros, la feria de Santo Tomás. En ese sentido, cabe señalar que el Palacio de Congresos Kursaal es el espacio donde se celebran muchos de los actos culturales que acoge la ciudad.

No puedo hablar de esta ciudad, en la que nací, sin mencionar uno de sus rasgos más representativos: la gastronomía. Probablemente sea la ciudad con más estrellas Michelín por metro cuadrado de todo el mundo; además, con el nuevo Basque Culinary Center (recinto que acoge la primera universidad gastronómica del País Vasco) pretende ser una cuna para los futuros chefs. Con todo, y dejando a un lado a grandes maestros de los fogones como son Arzak, Subijana o Martín Berasategi, entre otros, una de las cosas por las que también se conoce a la ciudad es por sus famosos “pintxos”. De hecho, desde hace unos años Donostia acoge un congreso relacionado con el mundo de la gastronomía denominado San Sebastián Gastronomika, que este año se celebrará en octubre, donde se dan citas grandes chefs de los fogones y donde también se ofrecen tertulias y congresos sobre el mundo culinario.

En otros lugares de España los "pintxos" se conocen como “tapas”. Sin embargo, la principal diferencia radica en que fuera de Donostia, y del País Vasco en general, la “tapa” te la ponen los camareros para acompañar la consumición, mientras que aquí se paga por el pintxo, cuyo precio varía según los ingredientes  y elaboración del mismo. Es una gozada darse un paseo por las calles de la Parte Vieja donostiarra (también denominada como “lo viejo” por sus ciudadanos) y observar las barras de los bares, todas ellas repletas de multitud de pintxos, todos ellos con unas dimensiones similares, aunque con ingredientes tan diferentes que provocan un estallido de colores, olores y sabores. Uno de los más tradicionales es el pintxo de txaka coronado con una gamba, aunque también podemos encontrar, por ejemplo en La Cucharade San Telmo, pintxos más elaborados como son los de carrilleras de ternera, risotto o foia con manzanada, entre otros.

Pintxos de La Cuchara de San Telmo
Con esta especie de evolución en el mundo de los pintxos, ya hay quien se refiere a ellos como “cocina en miniatura”, denominación que, ciertamente, no le vendría nada mal. Aunque lejos de que la palabra “pintxos” pueda ser sustituida por un sinónimo, si queremos probar estos pequeños bocados tenemos que tener en cuenta que la cartera la debemos llevar “llena” porque, como decía anteriormente, los pintxos se pagan.

Normalmente estos pequeños bocados se suelen acompañar con sidra o txakolí (vino blanco autóctono) o un vino al gusto, aunque si no gustan este tipo de bebidas es aconsejable ir a mostos o, en todo caso siempre bebidas que sean “pequeñas” y que no tengan gas para que no inflen, porque si no nuestra ruta de pintxos será muy breve. Un consejo a la hora de ir de pintxos: no empecéis nunca por el pintxo tradicional de tortilla de patata. ¿El motivo? Si empezamos por ése, nos llenaremos enseguida y probablemente nos quedemos llenos como para probar otros pintxos… por lo que es recomendable empezar por pintxos más pequeños y, si al final nos hemos quedado con hambre, entonces sí se coge el de tortilla.

Dejando los pintxos a un lado, y teniendo en cuenta que bien merecen un artículo, cabe citar a los tres pequeños montes que Donostia tiene distribuidos a lo largo de su costa, de tal forma que parecen los vigilantes de la costa de la ciudad. Los particulares “vigilantes” son el Monte Igueldo, que alberga un parque de atracciones antiguo y desde donde obtendremos unas vistas de la ciudad espectaculares; el monte Urgull, en cuyos pies se encuentra la Parte Vieja y a cuya cima podemos acceder por diferentes puntos de acceso repartidos por el Casco Viejo y el Paseo Nuevo; y el monte Ulía, ubicado en el extremo más oriental de la ciudad, en el que se encuentra el Faro de la Plata (desde Donostia no es visible) y que separa la capital gipuzkoana con Pasaia, municipio pesquero que colinda con Donostia y que cuenta con una bahía espectacular.

Con todo, y con la sana intención de no hacer que este primer artículo sea pesado o aburrido de leer, en un próximo artículo hablaré más detalladamente de los encantos de Donostia, de los elementos con los que disfrutar en su visita, de las diferentes festividades con las que la ciudad se viste de gala y con el fin de mostrar, aunque sea brevemente, porqué en 2016 será, junto a la ciudad polaca de Wroclaw, Ciudad Cultural Europea. Pero esa, amigos, es otra historia que tendrá cabida en el siguiente artículo.

Hasta el próximo artículo, amigos de Viaje Adicción, o como se diría en Donostia…

¡Agur!

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Sandra Martín

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