
Hace un par de meses comencé a dar mis primeros pasos por una de las redes sociales más populares del mundo, al igual que estaba haciendo Viaje Adicción. Un nuevo proyecto que todavía estaba asentando sus pilares pero que tenía muy claro su propósito: convertirse en una comunidad de viajeros. En ella, no sólo tendrían cabida las experiencias de personas de a pie, como tú y como yo, sino que también lo tendrían una serie de artículos realizados por unos cuantos apasionados de los viajes; unos pocos al principio, aunque con la firme esperanza de que ese número de apasionados vaya creciendo con el paso del tiempo. Pero, mientras tanto, y siendo conscientes de que ningún inicio es fácil, comenzaremos a modelar Viaje Adicción cargados de entusiasmo e ilusión.
Sin embargo, creo que antes de continuar con este primer
artículo, lo más justo es que yo, una servidora, me presente brevemente: me
llamo Sandra, tengo 28 años, soy periodista y fotógrafa, me encanta leer, los
animales, salsear en la cocina y la repostería; pero sobre todas las cosas me
apasiona viajar. Me encanta viajar porque me hace desconectar de todo, y
también me hace sentir, más que nunca, que formo parte de este mundo, tan igual
y tan diferente al mismo tiempo; adoro ese nerviosismo tan característico de
los días previos a iniciar un viaje; adoro esa impaciencia por sentir bajo mis
pies un suelo diferente, por recorrer calles que me son completamente
desconocidas y que, normalmente, miramos como si fuésemos los primeros en
verlas. Me apasiona viajar porque me permite conocer, de primera mano, otras
culturas, otras costumbres, otras gentes.
Hace unos meses leí en una revista que la necesidad de
viajar que sentimos los humanos se debe, en cierta medida, a nuestros
antepasados nómadas. Sea cierto o no, el caso es que me gusta creer que ése es
uno de los motivos que me (nos) impulsan a emprender un viaje. Uy, qué
despiste… tanto hablar de viajes y de presentaciones, y no os he dicho de donde
soy ¿verdad?: soy de Donostia – San Sebastián
Donostia (es la traducción al euskera de San Sebastián) es
la capital de la provincia más pequeña de toda España, Gipuzkoa, y conforma,
junto a Bilbao (Vizcaia) y Vitoria (Alava) la Comunidad Autónoma
Vasca, o dicho en euskera y en una sola palabra: Euskadi. Esta ciudad de
pequeñas dimensiones se ubica en el norte del Estado, concretamente en la costa
cantábrica y a pocos kilómetros de la frontera con Francia. Se trata, como
digo, de una ciudad pequeña, aunque su enclave geográfico y su particular
belleza han hecho que muchos la denominen “La Perla del Cantábrico”. Hay quienes, además, creen
que es una de las ciudades más bellas de toda España, ¡e incluso de toda Europa! (sin desmerecer, ni mucho
menos, a todas esas ciudades tan preciosas que hay repartidas por toda la
península ibérica).
A pesar de ser, como digo, una ciudad pequeña, no le falta
absolutamente de nada. Además, su orografía, de la que destaca sus calles
planas y peatonalizadas en los barrios más céntricos de la ciudad, hace que sea
una ciudad muy cómoda para recorrerla a pie. Por ese mismo motivo también cabe
la posibilidad de poder hacerlo en bicicleta gracias a los 22 kilómetros de “bidegorris” que conectan entre
sí casi todos los barrios de la ciudad, según indica la Fundación Ciclista Euskadi
en su página web. El nombre “bidegorri” es la forma de denominar a los
carriles para bicicletas; la palabra es en euskera y es la traducción literal
de “camino rojo”. Esto se debe a que este tipo de carriles se diferencian de
las aceras por su particular color, de ahí su nombre. Puedes consultar la red
de bidegorris de la ciudad pinchando aquí.
Con ello, el uso de la bicicleta entre los ciudadanos se ha
extendido como la pólvora en los últimos años, por lo que es bastante usual ver
numerosos ciclistas circulando por los bidegorris de la ciudad. Pero
si no tienes bicicleta o no puedes transportarla, no te preocupes, ya que
Donostia cuenta con Dbizi, un servicio de alquiler de bicicletas que podréis encontrar en diferentes
puntos de la ciudad, como la que hay frente a la Estación ferroviaria de
Atocha o en los Jardines de Alderdi Eder. De esta forma, cualquiera puede
utilizarlas y, además, es una muy buena opción no solo para conocer la ciudad
desde otra perspectiva, sino para moverse por ella.
Con todo, esta ciudad ubicada a orillas del Cantábrico posee
ciertos elementos que la caracterizan, como su famosa Playa de la Concha, que debe su nombre
a la forma que tiene, sobre todo cuando la marea está muy baja. A lo largo de
todo el paseo que recorre esta playa, podemos apreciar la Barandilla de la Concha, un elemento urbano
que se ha convertido en todo un símbolo de la ciudad, y en medio de la Bahía, la Isla de Santa Clara, donde hay un merendero y a la que se puede acceder en barca durante los meses estivales.
Pero Donostia no sólo es conocida por esa playa, que es una
de las tres que tiene en total (las otras dos son Ondarreta y Zurriola, esta
última también conocida como “la playa de los surfistas”), sino que también es famosa
por los numerosos eventos culturales que acoge durante todo el año, como el
Jazzaldia, la Quincena Musical
o el Festival Internacional de Cine, así como por fiestas más locales en las
que destaca un elemento más tradicional y que hacen las delicias de los
donostiarras, como son la
Tamborrada, Carnavales, la Semana Grande o, entre otros, la
feria de Santo Tomás. En ese sentido, cabe señalar que el Palacio de Congresos Kursaal es el espacio donde se celebran muchos de los actos culturales que acoge la ciudad.
No puedo hablar de esta ciudad, en la que nací, sin
mencionar uno de sus rasgos más representativos: la gastronomía. Probablemente
sea la ciudad con más estrellas Michelín por metro cuadrado de todo el mundo; además, con el
nuevo Basque Culinary Center (recinto que acoge la primera
universidad gastronómica del País Vasco) pretende ser una cuna para los futuros
chefs. Con todo, y dejando a un lado a grandes maestros de los fogones como son
Arzak, Subijana o Martín Berasategi, entre otros, una de las cosas por las que
también se conoce a la ciudad es por sus famosos “pintxos”. De hecho, desde hace unos
años Donostia acoge un congreso relacionado con el mundo de la gastronomía
denominado San Sebastián Gastronomika,
que este año se celebrará en octubre, donde se dan citas grandes chefs de los
fogones y donde también se ofrecen tertulias y congresos sobre el mundo
culinario.
En otros lugares de España los "pintxos" se conocen como “tapas”.
Sin embargo, la principal diferencia radica en que fuera de Donostia, y del
País Vasco en general, la “tapa” te la ponen los camareros para acompañar la
consumición, mientras que aquí se paga por el pintxo, cuyo precio varía según los
ingredientes y elaboración del mismo. Es
una gozada darse un paseo por las calles de la Parte Vieja donostiarra
(también denominada como “lo viejo” por sus ciudadanos) y observar las barras
de los bares, todas ellas repletas de multitud de pintxos, todos ellos con unas
dimensiones similares, aunque con ingredientes tan diferentes que provocan un
estallido de colores, olores y sabores. Uno de los más tradicionales es el
pintxo de txaka coronado con una gamba, aunque también podemos encontrar, por
ejemplo en La Cucharade San Telmo, pintxos más elaborados como son los de carrilleras de ternera,
risotto o foia con manzanada, entre otros.
Con esta especie de evolución en el mundo de los pintxos, ya
hay quien se refiere a ellos como “cocina en miniatura”, denominación que,
ciertamente, no le vendría nada mal. Aunque lejos de que la palabra “pintxos”
pueda ser sustituida por un sinónimo, si queremos probar estos pequeños bocados
tenemos que tener en cuenta que la cartera la debemos llevar “llena” porque, como
decía anteriormente, los pintxos se pagan.
Normalmente estos pequeños bocados se suelen acompañar con
sidra o txakolí (vino blanco autóctono) o un vino al gusto, aunque si no gustan
este tipo de bebidas es aconsejable ir a mostos o, en todo caso siempre bebidas
que sean “pequeñas” y que no tengan gas para que no inflen, porque si no nuestra
ruta de pintxos será muy breve. Un consejo a la hora de ir de pintxos: no
empecéis nunca por el pintxo tradicional de tortilla de patata. ¿El motivo? Si
empezamos por ése, nos llenaremos enseguida y probablemente nos quedemos llenos
como para probar otros pintxos… por lo que es recomendable empezar por pintxos más
pequeños y, si al final nos hemos quedado con hambre, entonces sí se coge el de
tortilla.
Dejando los pintxos a un lado, y teniendo en cuenta que bien
merecen un artículo, cabe citar a los tres pequeños montes que Donostia tiene distribuidos
a lo largo de su costa, de tal forma que parecen los vigilantes de la costa de
la ciudad. Los particulares “vigilantes” son el Monte Igueldo, que alberga un
parque de atracciones antiguo y desde donde obtendremos unas vistas de la
ciudad espectaculares; el monte Urgull, en cuyos pies se encuentra la Parte Vieja y a cuya cima
podemos acceder por diferentes puntos de acceso repartidos por el Casco Viejo y
el Paseo Nuevo; y el monte Ulía, ubicado en el extremo más oriental de la
ciudad, en el que se encuentra el Faro de la Plata (desde Donostia no es visible) y que separa
la capital gipuzkoana con Pasaia, municipio pesquero que colinda con Donostia y que
cuenta con una bahía espectacular.
Con todo, y con la sana intención de no hacer que este
primer artículo sea pesado o aburrido de leer, en un próximo artículo hablaré
más detalladamente de los encantos de Donostia, de los elementos con los que
disfrutar en su visita, de las diferentes festividades con las que la ciudad se
viste de gala y con el fin de mostrar, aunque sea brevemente, porqué en 2016
será, junto a la ciudad polaca de Wroclaw, Ciudad Cultural Europea. Pero esa,
amigos, es otra historia que tendrá cabida en el siguiente artículo.
Hasta el próximo artículo, amigos de Viaje Adicción, o como se
diría en Donostia…
¡Agur!
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Sandra Martín



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